Mi esposo y yo seguimos discutiendo cuándo conseguir un teléfono para nuestra hija

Mi esposo y yo seguimos discutiendo cuándo conseguir un teléfono para nuestra hija

En un momento durante la reciente fiesta de pijamas de mi hija de 11 a√Īos, mi esposo Joe y yo hicimos las rondas en nuestra sala de estar llena de sacos de dormir, en un tiempo designado como “toque de queda electr√≥nico”, y recogimos las tabletas de nuestros j√≥venes invitados. y tel√©fonos, dici√©ndoles que les devolver√≠amos los dispositivos por la ma√Īana.

¬ŅPor qu√©? Porque antes de que los recogi√©ramos, las chicas hab√≠an estado juntas f√≠sicamente en la habitaci√≥n, pero todos sus ojos estaban pegados a pantallas individuales.

La escena me asustó. Parecía más un grupo de adultos centrados en la computadora portátil en un Starbucks que un grupo exaltado de novias de quinto grado.

Cristina Zaragoza / Unsplash

Y aunque mi esposo y yo realmente no hablamos sobre esta escena de la pijamada hasta m√°s tarde, pude sentir el zumbido de nuestra larga discusi√≥n: ¬Ņa qu√© edad deber√≠a nuestra hija tener su propio tel√©fono?

Joe está bastante listo para entregar uno en el futuro cercano, pero estoy pensando en la escuela secundaria lo antes posible, y estamos algo atrapados en este callejón sin salida.

Quiero decir, est√°bamos en la misma p√°gina acerca de hacer que las chicas se relacionen cara a cara en la fiesta de pijamas. Pero tambi√©n sab√≠a que Joe probablemente pens√≥ que Lily, nuestra hija, deb√≠a sentirse excluida porque no ten√≠a su propio dispositivo, mientras que pens√©: “Gracias a Dios, todav√≠a no hemos cedido a la presi√≥n de grupo”.

Y la resistencia solo se est√° volviendo m√°s dif√≠cil. El panorama de los padres, en lo que respecta a la tecnolog√≠a, est√° cambiando r√°pidamente, por lo que si bien solo un par de los asistentes a la fiesta de pijamas del a√Īo pasado ten√≠an un tel√©fono o una tableta, los ocho de 11 a√Īos en la celebraci√≥n de este a√Īo llegaron teniendo al menos un dispositivo (si no m√°s).

Adem√°s, la edad promedio para cuando un ni√Īo recibe un tel√©fono en Estados Unidos en estos d√≠as es de diez a√Īos, mientras que hace menos de una d√©cada, era m√°s como doce o trece, seg√ļn el Centro de Investigaci√≥n Pew.

“Este es el mundo en el que vivimos ahora”, dir√° Joe cuando preparemos la cena juntos, o salgamos a correr un fin de semana. (Lily, por supuesto, nos hab√≠a rogado que le compraramos un tel√©fono este a√Īo como regalo de cumplea√Īos). “As√≠ es como se comunican los amigos de Lily. No podemos cambiar eso “.

“Lo s√©”, le digo. “Pero ella no necesita tener su propio tel√©fono. Ella tiene 11 a√Īos, por el amor de Dios. Nos las arreglamos bien sin ellos cuando ten√≠amos su edad ‚ÄĚ.

Joe entonces tratar√° de razonar conmigo, en su forma de abogado s√ļper racional, que los tiempos han cambiado.

“Adem√°s, Lily est√° envejeciendo, y habr√° momentos en los que necesite comunicarse con nosotros”, dice.

“¬ŅCuando? ¬ŅCu√°ndo estaremos lejos de ella tanto tiempo, en una situaci√≥n en la que no podr√≠a pedir prestado el tel√©fono de un amigo o el de un adulto? Digo, antes de decir: “No hablemos de esto ahora”.

Pixabay / Pexels

Esto es más o menos como siempre corté la discusión y la pateé en el camino. (Es interesante para mí que yo, una persona muy reacia al conflicto, me enamore y finalmente me case con un hombre que argumenta no solo para ganarse la vida, sino también para divertirse).

Sin embargo, cuando tenemos esta conversación, inevitablemente me cuestiono a mí mismo y mi juicio, porque Joe, un hombre inteligente y reflexivo con el que la mayoría de las veces no estoy de acuerdo en lo que respecta a las opciones de crianza, no está de acuerdo conmigo tan profundamente.

Por otra parte, me digo, sobre este tema específico, podría estar más informado.

Soy el que lee fren√©ticamente atl√°ntico art√≠culos como “¬ŅHan destruido los tel√©fonos inteligentes una generaci√≥n?” , Que explora c√≥mo las tasas de depresi√≥n entre los adolescentes se dispararon en t√°ndem con el uso intensivo de tel√©fonos inteligentes de este grupo demogr√°fico, y libros como “Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World” de Maryanne Wolf y “C√≥mo romper con su tel√©fono” de Catherine Price . “

¬ŅPor qu√©? Porque cuando not√© mi propia capacidad menguante de mantener el enfoque mientras le√≠a o escrib√≠a (o incluso miraba una pel√≠cula), a pesar de mi pasi√≥n de por vida por estas actividades, me sent√≠ ansioso sobre c√≥mo los dispositivos digitales impactar√°n inevitablemente tambi√©n en mis hijos peque√Īos y a√ļn en desarrollo. .

Adem√°s, la investigaci√≥n ha demostrado que los momentos de concentraci√≥n sostenida, ya sea que se trate de una conexi√≥n cara a cara o de lectura, se encuentran entre las cosas que proporcionan la mayor satisfacci√≥n en nuestras vidas. Pero si estamos perdiendo colectivamente nuestra capacidad de lograr regularmente ese tipo de alegr√≠a, ¬Ņc√≥mo ser√°n nuestras vidas?

Estas son las cosas con las que me obsesiono mientras estoy despierto por la noche.

Joe, mientras tanto, no comparte ninguna de mis neurosis con respecto a este tema; y cuando expreso mis preocupaciones, se encoge de hombros con resignaci√≥n zen, como si me estuviera viendo apilar fren√©ticamente sacos de arena frente a un tsunami del tama√Īo de Freedom Tower.

“¬ŅNunca tuviste algo que tus amigos ten√≠an cuando eras ni√Īo?” me pregunta “¬ŅNo recuerdas c√≥mo se siente eso?”

“S√≠, lo digo. “Pero no parec√≠a que hubiera mucho en juego cuando quer√≠a los jeans Jordache. No parec√≠a que mi salud mental y mi capacidad intelectual estuvieran en juego “.

“No podemos mantener a Lily en pl√°stico de burbujas”, me dice Joe.

Y ese es el problema. Como padre, el mundo tal como aparece a través de la lente de Internet me aterroriza, y odio la idea de colocar a mi hija en ese reino antes de sentir que está lista y lo suficientemente madura como para manejar todo lo que conlleva.

Debido a que esta ventana irresistiblemente seductora a la “conexi√≥n virtual” y el compromiso informal tambi√©n es inevitablemente una ventana al odio, el acoso en l√≠nea y los trastornos alimentarios, y cualquier otra cosa horrible que exista. Cuanto m√°s adictos compulsivamente nos volvemos, m√°s nuestras vidas en l√≠nea tienden a eclipsar nuestras experiencias de IRL.

Lo cual es una l√°stima, porque mi familia es muy afortunada. Vivimos en un pueblo peque√Īo, donde nuestros vecinos cuidan (y conversan regularmente) con nuestras hijas. A menudo caminamos juntos por el centro para ir a la panader√≠a, al cine de segunda mano, a un restaurante o al mercado de agricultores; y siempre nos encontramos con m√°s personas que conocemos, paseando a su perro o simplemente disfrutando (o quej√°ndose) del clima.

Quiero que mis hijos vean y realmente aprecien el micromundo de corazón abierto que los rodea, y que sea su base, antes de que tropiecen en los callejones tóxicos del mundo virtual.

Porque si yo, como una mujer de 48 a√Īos que lucha por reducir mi uso reflexivo del tel√©fono, tengo tantos problemas para procesar ps√≠quicamente lo que est√° en mi pantalla, ¬Ņc√≥mo puedo esperar que mi hijo de 11 a√Īos lo haga y ¬ŅA√ļn conservas alg√ļn sentido de esperanza?

No puedo, por eso sigo discutiendo para mantener un teléfono fuera de las manos de mi hija preadolescente durante el mayor tiempo posible.

S√© que volver√© a tener esta misma conversaci√≥n con Joe m√°s adelante este a√Īo, cuando Hanukkah y Christmas se acerquen. Y √©l y yo probablemente exploremos compromisos, como conseguirle a Lily un tel√©fono plegable que pueda usar para llamar o enviar mensajes de texto solamente.

Pero por el momento, he eludido este problema dejando que Lily, en su cumplea√Īos, se perfore las orejas.