No me di cuenta de los sacrificios que hizo mi madre soltera … hasta ahora

No me di cuenta de los sacrificios que hizo mi madre soltera ... hasta ahora

Llevamos a nuestros dos hijos mayores para que se reunieran con un ortodoncista, descubrimos que ambos necesitar√≠an aparatos ortop√©dicos y nos fuimos con un c√°lculo que debilit√≥ mis rodillas. Norah tiene nueve a√Īos y Tristan tiene 12, y s√≠, era bastante obvio que ambos necesitar√≠an aparatos ortop√©dicos. Mel y yo ten√≠amos frenillos de ni√Īos, y nuestros hijos m√°s o menos heredaron nuestras sonrisas torcidas. Pero siempre asum√≠ que nuestro seguro cubrir√≠a m√°s de lo que cubr√≠a, lo cual, como padre de tres hijos, admito que fue una suposici√≥n bastante ingenua (pero esperanzada). A estas alturas, deber√≠a saber que el seguro dental para una familia de cinco personas se siente mucho como luchar para hacer un pago mensual del seguro solo para recibir un golpe en la entrepierna cada vez que visitamos al dentista.

De todos modos, Mel y yo discutimos c√≥mo √≠bamos a pagarlo, cu√°nto cubrir√≠a nuestro seguro, y mientras lo hac√≠amos, todo lo que pod√≠a pensar era en mi madre. Ten√≠a 12 a√Īos cuando me pusieron frenillos, la misma edad que mi hijo. Esto fue tres a√Īos despu√©s de que mi padre se fue. √Čl no pag√≥ la manutenci√≥n de los hijos, por lo que ciertamente no ayud√≥ con mis aparatos ortop√©dicos. Mam√° trabajaba d√≠as en la central el√©ctrica local y tardes limpiando casas. En Navidad, ella trabajaba los s√°bados en una tienda de m√ļsica.

A √ļltima hora de la tarde, lleg√≥ a casa con pantalones de ch√°ndal manchados de pintura y una camiseta. Un cubo de pl√°stico lleno de guantes de goma amarillos, cepillos de dientes, Lysol y un cepillo para fregar estaba en su mano derecha. Dejar√≠a caer el balde, las yemas de los dedos arrugadas de los inodoros. Luego sali√≥ y regres√≥ un momento despu√©s con el vestido que llevaba a su trabajo de oficina en la planta de energ√≠a colgado de su antebrazo. Hubo momentos en que me despert√≥ para la escuela momentos antes de irse a su primer trabajo y luego lleg√≥ a casa tarde en la noche, justo a tiempo para hacerme responsable de mi tarea y asegurarse de que cen√©.

No sé cuánto costaron los aparatos ortopédicos a principios de los 90, pero tengo que asumir que lo que sea que haya costado, fue demasiado. Todavía puedo recordar a mamá a altas horas de la noche sentada en la mesa de la cocina, con los billetes desplegados, la mano derecha sosteniendo una calculadora, el codo izquierdo doblado contra la mesa apoyando su frente. Ella siempre estaba exhausta y comprensiblemente estresada.

No es que yo, como un ni√Īo de 12 a√Īos, aprecie su sacrificio. Sent√≠ que esos aparatos eran un ataque personal. No me pon√≠a el casco ni el el√°stico, y cada vez que me encontraba con el ortodoncista discut√≠a con √©l para sacarlos. Todav√≠a recuerdo a mi madre que me despertaba tarde por la noche, con los ojos inyectados en sangre por haber trabajado m√°s horas de las que nunca hab√≠a trabajado. En su mano izquierda estar√≠a mi tocado. “P√≥ntelo”, dec√≠a ella. Y de mala gana sal√≠a rodando de la cama, deslizaba ese inc√≥modo aparato sobre mi cabeza, y luego pasaba las siguientes horas durmiendo inc√≥modamente mientras mis dientes se alineaban. Me encantar√≠a decir que en momentos como este apreci√© la insistencia de mi madre de que me pusiera el casco para poder tener dientes rectos cuando fuera adulto, pero no lo hice. Honestamente odiaba mis aparatos ortop√©dicos, mi tocado, mi ortodoncista y, a veces, mi madre.

No tenía ni idea, ni respeto, de cuánto se estaba sacrificando mi madre para pagarme este lujo.

Pero ahora, a los 36 a√Īos, tengo una bonita sonrisa, y tengo que agradecerle a mi madre. Entonces, despu√©s de recibir esas cotizaciones para los aparatos ortop√©dicos de mis hijos, y super√© el choque de la pegatina, fui a la habitaci√≥n y llam√© a mi madre.

Hablamos por un momento sobre los ni√Īos. Continu√≥ sobre su retiro, su salud y mi padrastro. Luego le cont√© el c√°lculo que recibimos del ortodoncista y ella se ech√≥ a re√≠r. No fue una risa “apesta para ti”. Fue m√°s como una risa de “He estado all√≠”.

“¬ŅC√≥mo alguna vez pagaste mis frenillos?” Yo pregunt√©.

Ella dej√≥ escapar un largo suspiro y dijo: “No fue f√°cil”. Ella me cont√≥ c√≥mo mi padre se neg√≥ a ayudar, diciendo: ‚ÄúNo es que te sorprenda. De alguna manera lo hice funcionar porque sab√≠a que era importante “. Cuando ella dijo “era importante”, supe lo que realmente quer√≠a decir era “t√ļ fueron importantes “.

Hubo una pausa y luego dije: “Bueno … s√© que esto est√° retrasado, pero gracias por hacerlo. Y lamento haber sido tan dif√≠cil con todo eso “.

Ella se ri√≥ y dijo: “De nada”. Entonces ella me dijo que habr√≠a tenido una sonrisa bastante torcida si no lo hubiera hecho. “Sab√≠a que eventualmente lo apreciar√≠a”. Luego se ech√≥ a re√≠r y dijo: “Dir√©, supuse que probablemente lo agradecer√≠as antes que ahora”.

Me disculp√© nuevamente, y luego ella me dijo algo que me hizo sentir un poco mejor acerca de todo esto con la situaci√≥n de los aparatos ortop√©dicos de mis hijos: “Y no se preocupen por sus hijos. Si descubr√≠ c√≥mo pagar los frenos, t√ļ tambi√©n lo har√°s.

Es curioso cómo a veces se necesita tener hijos para agradecer a los padres que tuviste. Mamá y yo tuvimos nuestras diferencias durante mi adolescencia, sin duda, pero cuando pienso en todos esos sacrificios que hizo por mí, cuánto invirtió en mí, no puedo evitar sentirme amada.

Gracias mam√°.