Por qué nunca me quejaré de hablar demasiado

Por qué nunca me quejaré de hablar demasiado

Desde la entrada de la cocina, miro a trav√©s de mi cuarto de lavado hacia el sol naciente. Veo la ventana de la cocina de nuestro vecino. La luz de la cocina est√° encendida. Veo una sombra d√©bil caminar junto a su ventana y doy gracias porque no somos los √ļnicos despiertos a esta hora.

“¬°Mam√°, mam√°!” La voz de Charlotte flota por el pasillo. “Lee mis libros”, la escucho decir.

“A B C‚Ķ.” Una sonrisa se forma cuando la imagino mirando sus libros, se√Īalando las letras que sabe y puede decir. Luego, escucho un golpe, y ambos ni√Īos comienzan a comunicarse entre s√≠ a trav√©s de su muro compartido.

Charlotte comienza, “1, 2, 3”, y se encuentra con la voz de su hermano menor, “4, 5, 6”.

A partir de este momento, la ma√Īana se vuelve m√°s fuerte. Y con cada sonido, palabra y oraci√≥n, doy gracias.

Porque hubo un momento en que las palabras no estaban all√≠, y no hab√≠a ruido en nuestra casa. La comunicaci√≥n consist√≠a en lenguaje de se√Īas y se√Īalar con el dedo y mis suspiros y preocupaciones, pregunt√°ndome si alguna vez hablar√≠a por mi hija. Sin embargo, nunca fall√≥ que otros me aseguraran que, una vez que mi hija comenzara a hablar, desear√≠a que se detuviera de vez en cuando.

En mi cabeza, recuerdo los comentarios ofrecidos durante los primeros a√Īos de mi hija cuando todo lo que deseaba era una palabra: “¬°Solo espera, cuando tu hija comience a hablar habr√° d√≠as que desear√≠as que dejara de hablar!”

O el sentimiento similar: “No tienen prisa por comenzar a hablar porque una vez que lo hacen, nunca se detienen”.

En el fondo, sab√≠a, y me promet√≠ en silencio, que nunca pronunciar√≠a esas palabras. Mi propio di√°logo interno tem√≠a que nunca lleg√°ramos all√≠ porque ella no hablar√≠a, as√≠ que no pod√≠a imaginar un momento lleno de palabras, oraciones e historias. Parec√≠a que todas las semanas le hac√≠a al logopeda una variaci√≥n de la misma pregunta: ¬ŅCharlotte hablar√°? Rodeado de ni√Īos que charlaban y escuchaban los sonidos (o la falta de ellos) que ofrec√≠a mi hija, me preocupaba en la oscuridad de la noche que nunca tendr√≠a una conversaci√≥n con ella.

Durante tantos meses, ansiaba escuchar la voz de mi hija. Un dolor me consum√≠a cada vez que escuchaba a ni√Īos de su edad hablar en oraciones mientras continuaba comunic√°ndome con lenguaje de se√Īas, se√Īalando con el dedo y ocasionalmente chillidos y gritos. No pude superar el hecho de que Charlotte no estaba hablando y de alguna manera sab√≠a que si, y cuando comenzara a hablar, apreciar√≠a cada palabra.

*****

Camino hacia la cocina mientras escucho peque√Īos pies caminar por el pasillo. Isaac llega primero con un pa√Īal limpio gracias a su padre, y se dirige directamente a los gabinetes. La puerta del gabinete se abre, seguida por el traqueteo de los tazones y platos de pl√°stico para mezclar y combinar. Agarra un taz√≥n, cierra el caj√≥n y corre hacia el otro mostrador.

“¬°O, o, o, taz√≥n o!”

“¬ŅC√≥mo lo preguntas?” Digo por primera vez, pero definitivamente no es la √ļltima vez.

√Čl sonr√≠e y dice: “Por favor”, mientras frota su mano en c√≠rculos sobre su pecho. No necesita el lenguaje de se√Īas con su creciente vocabulario, pero es un remanente de los a√Īos en que Charlotte no habl√≥.

Finalmente, Charlotte llega y se dirige directamente hacia el mismo gabinete de cuencos, cerr√°ndolo igualmente fuerte. Los dos est√°n a mi lado pidiendo o; dos cuencos y cuatro manos alcanz√°ndome.

“Tambi√©n”, Charlotte aclama.

“¬ŅQuieres o?” Pregunto.

“¬°Si!”

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“¬ŅC√≥mo lo preguntas?” Ah√≠ est√° de nuevo.

“Por favor.”

Conteniendo un suspiro, digo: “Toda la oraci√≥n, por favor”. Es la frase que usamos repetidamente para alentarla a hablar en oraciones completas.

Y finalmente, con una voz determinada, ella dice: ‚ÄúYo. Querer. O’s Por favor. Mam√°.”

“Buena conversaci√≥n”, digo, repitiendo una frase que escuch√© por primera vez que utiliz√≥ nuestro primer logopeda.

Sirvo su cereal mientras Isaac mueve su cuerpo hacia arriba y hacia abajo con entusiasmo. Charlotte se ríe y aplaude.

“O‚Äôs, o‚Äôs, o‚Äôs” llena la cocina con su coro de voces.

“Bubba come, mam√°”, Charlotte me dice mientras Isaac se mete otro pu√Īado en la boca.

“Hermana, taz√≥n de fuente”, responde Isaac, continuando comiendo su o.

Los miro juntos y escucho sus voces. Miro por la ventana hacia el sol y nuestros vecinos, preguntándome si sienten tanta alegría por palabras tan simples. Mirando de nuevo a Charlotte e Isaac, veo que por el momento están felices y hablando juntos.

*****

Charlotte tiene 4 a√Īos y cada sonido, palabra y oraci√≥n es un regalo. He visto horas de terapia del habla aprendiendo a imitar a su terapeuta. Uso mucho la repetici√≥n y la canci√≥n, coloco palitos de helado en su boca para mover su lengua a la posici√≥n correcta, y cada vez que surge un nuevo sonido o palabra sale de su boca.

Le digo a mi hija, una y otra vez, “gracias” y “buen trabajo” cuando dice las palabras correctamente. “Hablar bien” se ha convertido en parte de nuestra lengua vern√°cula.

Un día, de camino al preescolar, Charlotte se aferra a su mochila llena de la merienda del día para su clase.

“¬ŅQu√© trajiste para la merienda, Charlotte?” Pregunto, sabiendo que ella puede decir las palabras, y que pidi√≥ espec√≠ficamente este refrigerio.

“¬°Uvas! ¬°Queso tambi√©n! Ella sonr√≠e orgullosamente.

“Eso suena muy bien!”

“A mis amigos les gusta esta merienda”. R√°pidamente miro a mi hija y sonr√≠o, asombrada por la longitud de la oraci√≥n y la amplitud de sus palabras.

‚Äú¬°Bien hablado! Esa es una gran frase “, digo felizmente.

Escucho cada nuevo sonido y palabra como un torrente de agua, sorprendiéndome y deleitándome cada vez.

Sé que hay momentos en que las peleas e incesantes quejas y preguntas de Charlotte e Isaac me vuelven loco. Pero también sé que cada palabra que se habla es un regalo, incluso el fuerte Nos y los bufidos de frustración cuando un hermano toma un juguete. Algunos días deseo más tranquilidad por mi cordura, y anhelo encerrarme en la oficina por unos minutos de soledad, pero nunca he deseado que mis hijos no hablaran.

Porque ya sea en el desayuno o peleando en el asiento trasero del auto, despertando temprano por la ma√Īana o discutiendo sobre qui√©n juega con los trenes, las voces y las palabras de mis hijos se elevan como mis oraciones de gratitud.